“Primero amar al mundo y luego amar a Dios” dice  Rosalía en el track de apertura de su último álbum Lux.  Representa  la espitualidad, el lujo, y  muestra a una artista madura en búsqueda del arte puro.

Teresa Leiva Ubilla

Muchas artistas —quizás Madonna fue la primera— han jugado mezclando símbolos religiosos y de la feminidad. Se dice que los artistas buscan a Dios a través de la belleza. Gabriela Mistral estaría de acuerdo, y además agregaría que esa belleza se encuentra en la naturaleza y en las mujeres. También, por ende, Ariana Grande: Dios, efectivamente, sería una mujer.

Rosalía dijo que su álbum era sobre la feminidad. En este mundo en el que el conservadurismo avanza, Vogue España señala que la última obra de la catalana es un síntoma más que un motivo. Evocar el latín y hablarle a Dios puede ser interpretado como un homenaje a la tradición católica española de campo, del cual ella viene. En mi caso, prefiero que sus intenciones ideológicas permanezcan en el misterio. En la eterna disputa sobre si el autor subyace o no a la obra, me inclino a pensar que el verdadero arte es transgresor: no está hecho para agradar.

En su momento, a Rosalía se le acusó de apropiación cultural cuando comenzó a mezclar el folclore gitano con pop y sonidos urbanos. También se le criticó por apoyar costumbres consideradas antianimalistas. Pero, eso a ella parece no importarle, y creo que es lo que precisamente  la define: la motomami avanza tan rápido que no tiene tiempo para preocuparse de lo que ocurre alrededor. “No tengo tiempo para odiar a Lucifer” dice en Yugular. Tiene los ojos puestos en la meta y quizás, su meta sea la más ambiciosa: el arte de la mano de la fama y el dinero.

Claudio Vergara, crítico chileno, dijo en Cooperativa que Rosalía es quizás la artista más ambiciosa del momento y que su nuevo álbum no busca ser comercial. Para mí, Rosalía no es solo la artista del momento: es la artista de mi generación. Tampoco creo que sea una leyenda en formación, porque su legado ya es tangible. Es la artista que mis hijos escucharán como yo escucho a David Bowie, y creo que esa es una comparación justa, por la identidad camaleónica que ambos comparten.

En cuanto a si el álbum es comercial o no, creo que con una estrategia de marketing tan ingeniosa —que incluye la promoción del disco dentro de su propia obra y de su propuesta visual— es imposible que no sea un éxito. Quizás no sea un álbum que se escuche mucho en discotecas, pero lo mismo se dijo de El mal querer. Además,  no espero menos de la Blondie.  “Porcelana”, por ejemplo, me la puedo imaginar.

Lux significa “luz” en latín, pero interpreto que también puede ser un guiño de Rosalía a luxus, que significa “lujo”. El álbum tiene varias y variadas canciones. La perla me sonó un poco mexicana; La rumba, marcadamente flamenca; y Sauvignon blanco es mi favorita por ahora, aunque probablemente cambie de opinión. A pesar del increíble trabajo de la Orquesta Sinfónica de Londres, tuve una sensación inicial abrumadora, una mezcla de asombro y duda: ¿por qué tanto? Quizás esa impresión se deba a que lo escuché por primera vez a las siete de la mañana.

Como solo he escuchado el disco completo tres veces, no me atrevo aún a hablar de las letras. Ese tipo de análisis, creo, llegan después de muchas escuchas, cuando un día en el metro uno piensa: ah, se refería a blabla. Es sabido que Rosalía tiene una forma muy particular de escribir y expresarse. Le gusta lo metafórico y lo inentendible. Me encanta que su inglés sea malo y que sus letras parezcan incoherentes. Al final, eso es un regalo: una poesía que deja de ser solo suya y sale al mundo, para que se identifique quien quiera identificarse, para que le guste a quien le guste y para que lo odie quien quiera odiarla.