Al Centro de Alto Rendimiento (CAR) llegó un Chevrolet Spark, ya desgastado por los años. En él viajaban Ignacio Torres y su madre desde Puente Alto. En la radio sonaba FM2 durante todo el trayecto, intentando disimular la extenuante hora de viaje que requería llegar hasta ese lugar.

 Ignacio Torres, nacido en 2002 con miopatía congénita de núcleo central, fue animado por su familia a introducirse en el mundo del deporte.

Por Anaís Concha 

¿Afición o disciplina?

Nacho rememora esa época y cuenta: “Lo hacíamos porque debía tener alguna actividad física, tenía que moverme un poco, que mi discapacidad se estaba acrecentando un poco”.

Sin esperarlo, la pala y su mano se volvieron inseparables; con una habilidad innata para la disciplina, se vio impulsado a seguir perfeccionando su talento. Con el esfuerzo familiar que requería la movilización diaria a los entrenamientos, los padres de Ignacio decidieron explicarle que esto podía pasar de una afición a una actividad de tiempo completo.

“El 2016, yo creo que debo haber tomado esa decisión de ir los cinco días a entrenar, de tomarme esto un poco más en serio. Insisto, nadie pensaba que iba a llegar a ser uno de los mejores del mundo en el tenis de mesa, pero había que intentarlo”, dijo Nacho.

Del anonimato a vestir la tricolor

Tras un año de arduo entrenamiento, Ignacio disputó su primer torneo en el extranjero. Le tocaba luchar por un lugar en la selección adulta de tenis de mesa paralímpico. Junto a su entrenador arribaron a Brasil con una meta clara: que el puentealtino llenara ese cupo.

Ignacio recuerda: “Le gané a un jugador que era bastante experimentado, que había salido medallista en los Juegos Odesur, que yo había visto en el 2014, esos mismos que me motivaron a jugar posteriormente”.

Fue la primera meta que su equipo había fijado; lograrla motivó su proceso como deportista de alto rendimiento. Sin embargo, desde el año 2020 ha balanceado sus entrenamientos con la vida universitaria.

Su elección de estudio va ligada a su vida profesional y ha sido una escapatoria del mundo competitivo, abriéndole un mundo de amistades más extenso.

Fuente: BioBio

 

La Universidad Santo Tomás le ha permitido tomar sus materias con calma, por lo que actualmente cursa su quinto año de Ciencias del Deporte y la Actividad Física, pero con asignaturas de tercero.

En paralelo, su vida de deportista se ha visto repleta de logros. “Estos tres años, yo creo que entramos en un mundo totalmente distinto. 23, 24, 25 han sido una locura”, describe Ignacio.

Todo parece un sueño

Los Juegos Parapanamericanos 2023 tiñen Santiago; el Centro de Alto Rendimiento alberga 3.000 personas que corean el nombre del puentealtino. A estadio lleno y en casa debe disputar la medalla de oro. Se repite el plato tres veces, una en solitario y dos en dobles.

Se termina por colgar en el cuello una medalla de plata y dos de oro. Victorioso y con las ganas de ir por más, en 2024 emprende su viaje a los Juegos Paralímpicos de París 2024; esta vez se enfrenta a sus mayores rivales de categoría. Orgulloso de representar a Chile y con su familia en la galería, disputa el partido que le dio su primer diploma olímpico tras un cuarto lugar en la competición.

Con un sabor agridulce comenzaba el 2025, entre la sombra de una medalla que pudo ser y aquellas que colgaban en su habitación. Rememoraba felizmente su tiempo en París, sus salidas a conocer la ciudad, los momentos divertidos con sus compañeros de equipo y, por sobre todo, el anhelo de reclamar lo que sentía que le pertenecía.

Es así como en su gira por Estados Unidos, logró dejar atrás a los fantasmas y llevarse seis títulos de ITTF, venciendo al rumano Simion Bobi, actual número tres del mundo en clase 6 de tenis de mesa paralímpico. Luego de este triunfo, Ignacio quedó en la cima del ranking, convirtiéndose en el primer chileno en lograrlo.

Para Torres, su trastorno nunca ha sido un freno. “Uno que viene con la discapacidad como si no hubiese pasado nada, uno nace y su vida es así”, explica con naturalidad.

Bronce en casa

Ignacio Torres sintió el peso del orgullo nacional al vestir la camiseta del equipo chileno en suelo nacional: los Juegos Parapanamericanos Juveniles de 2025, que por primera vez se desarrollaron en Chile. Desde antes del arranque, se sabía que su condición —número uno del mundo en la clase seis— lo convertía en una carta visible de este certamen.

En el primer día, al cruzar la zona de competencia y ver las sedes en la Región de O’Higgins junto a la Región Metropolitana, experimentó una mezcla de emoción y responsabilidad. “Me juntaron la categoría, no se abrió mi clase y tuve que jugar con gente con menor discapacidad”, señala Ignacio.

Fuente: Santo Tomás

 

Durante las jornadas de competencia, Torres desplegó su habitual intensidad y concentración en la mesa de juego y adoptó una actitud de liderazgo silencioso: se movía entre los pasillos del estadio, saludando a compañeros, compartiendo experiencias y motivando con su ejemplo. “La gente respondió de forma maravillosa, sábado y domingo estaba repleto el gimnasio, estaban todas las entradas agotadas y eso me gusto bastante”, dice con orgullo.

En la competencia individual de la unión de clases seis y siete varones, cayó en semifinales ante el argentino Luciano Khazandjian (clase siete) con un marcador de 1-3 (9-11, 7-11, 11-2, 8-11) y se adjudicó la medalla de bronce para Chile.

Más allá del resultado individual —que pudo haber sido oro según sus expectativas— su presencia y compromiso reflejaron cómo estos juegos no son solo una competencia deportiva, sino también una escena de transformación social, donde la juventud paralímpica y la región anfitriona se encuentran para ampliar la visibilidad del deporte adaptado.

Hoy, con la medalla de bronce en sus manos y la cima del ranking mundial en su espalda, Ignacio Torres se ha transformado en un ejemplo de disciplina y perseverancia. Desde aquel Spark hasta los podios internacionales, su historia responde la pregunta que lo acompañó desde niño: lo que comenzó como afición, terminó siendo una disciplina que lo llevó a la élite.