El programa chileno reunió a más de 230 mil personas en el corazón de Ciudad de México el pasado 30 de abril. Una noche que confirma lo que ya era evidente: los títeres de Aplaplac dejaron hace rato de ser un show infantil para transformarse en un fenómeno cultural latinoamericano.
Por Bruno Rosales
El Zócalo de Ciudad de México no es un escenario cualquiera. Por ese mismo lugar han pasado Shakira, Paul McCartney, Roger Waters y Vicente Fernández, entre otros. El 30 de abril, la plaza se llenó con más de 230 mil personas para el concierto gratuito de 31 Minutos, en el marco del Día del Niño, en una celebración masiva que reunió a familias y fanáticos de todas las edades.
En esta ocasión, cabe mencionar, no llegaba a la ciudad un artista reconocido con una trayectoria masiva que convocaba a sus fans, sino un noticiero de títeres nacido en Chile hace más de veinte años —y aun así, los números hablan por sí solos—.
El concierto comenzó alrededor de las 19:10 horas con «Vivimos de la desgracia ajena», dando paso a un espectáculo que replicó, una vez más, el formato del noticiero ficticio, el cual dio fama internacional al programa. Sin embargo, desde horas antes, la plaza capitalina ya lucía colmada de personas con gorras rojas de Bodoque, peluches de Calcetín con Rombos Man, diademas de Patana y todo en un ambiente festivo que anticipaba una noche para el recuerdo.
¿Cómo llegamos hasta acá?
«31 minutos» debutó el 15 de marzo de 2003 por la Televisión Nacional de Chile, creado por Álvaro Díaz, Pedro Peirano y Juan Manuel Egaña. El programa parodió los noticieros tradicionales apostando desde el inicio por marionetas, humor absurdo y una marcada sátira social, convirtiéndose en un fenómeno generacional no tan solo en su país de origen, sino que en toda Latinoamérica.
La música fue la llave maestra. A cargo de Policarpo Avendaño, canciones como «Mi muñeca me habló», «Bailan sin cesar», «Diente blanco» y «Tangananica Tangananá», recibieron discos de oro y platino tanto en Chile como en México. No solo eran jingles: eran canciones de verdad, con una estructura pop, ironía adulta y melodías que cualquier niño podía cantar sin entender del todo lo que decían. Ese doble sentido, quizás, fue su secreto más importante para lograr el éxito.
Rodrigo Pincheira Albrecht, académico de la UCSC y analista cultural, lo describe así: «Para los niños, está el universo lúdico y creativo. Para los adultos, el humor y la crítica a la sociedad actual. Así, el repertorio cruza edades, clases y contextos, y constituye un patrimonio afectivo colectivo». Además, agrega que los personajes responden a arquetipos universales: «el ingenuo, el soñador, el artista frustrado, el periodista», figuras reconocibles en cualquier lugar del mundo.
La pregunta que se hace Chile
Una usuaria chilena en TikTok sintetizó el asombro de muchos compatriotas: «Yo sabía que a los mexicanos les encanta 31 minutos, pero jamás imaginé que fuera tanto el nivel de fanatismo. Es aquí cuando me pregunto cómo engancharon con el programa si está lleno de modismos chilenos». Sin embargo, la respuesta llegó desde México mismo: «Es que 31 minutos fue la infancia de muchos mexicanos».
En México hoy es tan popular como El Chavo del 8, y la comparación no es menor. El Chavo fue durante décadas el símbolo indiscutido del entretenimiento infantil en toda la región. Que un programa de títeres chileno, con chilenismos y todo, haya igualado —o superado— a ese referente en el país que lo produjo, dice algo sobre la universalidad de lo que Aplaplac logró construir.
El Zócalo como puente
La noche del 30 de abril tuvo su momento decisivo cuando sonó «Diente Blanco». En un momento, la canción se transformó en un inesperado mashup con «Querida», uno de los temas más icónicos de Juan Gabriel. La mezcla desató una fuerte reacción entre el público, que celebró el homenaje al «Divo de Juárez».
Lo anterior no fue un gesto calculado de puro marketing: fue la forma más honesta de decir gracias en el idioma que México entiende mejor.
Mientras tanto, el público coreaba «Chile, hermano, ya eres mexicano». Esta frase resume algo difícil de fabricar: una relación cultural genuina entre dos países, construida canción a canción durante más de dos décadas.
31 Minutos logró algo que muy pocos productos culturales consiguen: exportar identidad sin perder autenticidad. En tiempos donde todo tiende a homogeneizarse, ese rasgo es totalmente valioso.
Un número para el récord
Con más de 230 mil asistentes, 31 Minutos se posicionó como el cuarto concierto más concurrido en la historia del Zócalo, solo por detrás de Shakira, Los Fabulosos Cadillacs y Grupo Firme. Que un show de títeres compita en esa lista no es una coincidencia estadística; es la medida exacta de lo que significa este proyecto para América Latina.
Al final, vestidos de negro y haciendo una caravana, los músicos bajaron del escenario interpretando música a capella. El Zócalo, rebalsado, los despidió con el mismo entusiasmo con que los había recibido, en una noche que quedará en la historia de la cultura chilena.
