Miles de ciudadanos salieron a las calles tras revelarse el desvío de fondos destinados a obras para mitigar inundaciones. La indignación juvenil se extiende por Asia con protestas que combinan acción callejera y campañas digitales.
Por: Javiera León
Editado por: Aline Bergen
El domingo 21 de septiembre, en una de las manifestaciones más multitudinarias de los últimos años, más de cincuenta mil filipinos se congregaron en Manila y otras ciudades para denunciar corrupción en obras públicas. El escándalo estalló tras conocerse que miles de millones de dólares destinados a proyectos para mitigar inundaciones fueron desviados, malversados o utilizados en obras inexistentes. Las protestas fueron transversales: estudiantes, trabajadores, artistas, comunidades indígenas e incluso celebridades marcharon juntos. Hasta ahora, se han registrado más de 200 arrestos y aproximadamente 130 policías heridos.
Emergencia climática y vulnerabilidad estructural
Filipinas enfrenta cada año cerca de veinte tormentas intensas al estar ubicado en el cinturón de tifones del Pacífico. Actualmente, el tifón Ragasa —conocido localmente como Nando— ha tocado tierra en el norte del país, obligando a miles de evacuaciones. La crisis climática ha intensificado estos fenómenos: en 2024, cuatro tifones golpearon el archipiélago en menos de dos semanas, provocando lluvias torrenciales, marejadas y deslizamientos de tierra.
Ante esta realidad, el Estado había prometido miles de proyectos de infraestructura para proteger a las comunidades más vulnerables. Sin embargo, la corrupción ha dejado aún más expuesta a la población. Lo que debía ser un sistema de contención contra inundaciones, se convirtió en un mecanismo de enriquecimiento ilícito para políticos, funcionarios y contratistas. Según el Ministerio de Finanzas, solo en los últimos dos años se habrían perdido más de 1.700 millones de euros por obras “fantasma”.

Manifestantes contrarios al presidente filipino. Imagen: Rodrigo Duterte Romeo Ranoco / Reuters
El escándalo que encendió la protesta
Las investigaciones comenzaron a inicios de septiembre, cuando el Congreso y el presidente Ferdinand Marcos Jr. —en el poder desde 2022— detectaron irregularidades masivas en los proyectos. De los nueve mil proyectos inspeccionados, al menos seis mil presentaban anomalías. Muchos fueron reportados como finalizados sin siquiera existir.
Durante una audiencia televisada, los contratistas Sarah y Pacifico Discaya denunciaron que al menos 17 legisladores y funcionarios del Departamento de Obras Públicas les exigieron millonarios sobornos para adjudicar contratos. Posteriormente, se descubrió que la familia poseía 28 autos de lujo, lo que intensificó las sospechas de enriquecimiento ilícito.
“Nosotros trabajamos, nosotros pagamos, ellos roban”, se leía en los carteles de jóvenes vestidos de negro en medio de las calles. En otro punto de la ciudad, organizaciones religiosas convocaron a la “marcha del billón de pesos”, con miles de asistentes vestidos de blanco. “La corrupción no se trata solo de dinero robado, se trata de futuros robados: casas inundadas, tierras envenenadas, oportunidades desperdiciadas para nuestros hijos”, declaró la Conferencia de Obispos Católicos de Filipinas.
“Me siento mal porque nos hundimos en la pobreza y perdemos nuestros hogares, nuestras vidas y nuestro futuro mientras ellos amasan una gran fortuna de nuestros impuestos que pagan sus autos de lujo, viajes al extranjero y transacciones corporativas más grandes. Queremos cambiar a un sistema donde ya no se abuse de la gente”, dijo la activista estudiantil Althea Trinidad al medio The Associated Press en medio de las manifestaciones en Manila.
El presidente Marcos Jr., hijo del dictador que gobernó Filipinas por dos décadas, se ha convertido en el blanco de las protestas. Varios de los acusados de corrupción pertenecen a su círculo cercano, incluyendo su primo, Martin Romualdez, quien renunció como presidente de la Cámara de Representantes. Aunque no se exige la salida directa del mandatario, sí se demanda la dimisión de su círculo.
Una primavera asiática liderada por jóvenes

Imagen: EFE
Lo ocurrido en Filipinas se suma a una tendencia regional que algunos medios han bautizado “Primavera Asiática”. En países como Nepal, Indonesia y Timor Oriental, la indignación ha tomado las calles en respuesta a la corrupción, el nepotismo y la desigualdad. En todos estos casos, la generación Z ha sido protagonista, combinando la protesta callejera con campañas digitales que amplifican sus demandas.
En Filipinas, más de treinta mil personas han participado en un hilo de Reddit conocido como “chequeo de estilo de vida”, donde se publican detalles sobre los bienes políticos y contratistas. La viralización de imágenes de autos de lujo, mansiones y viajes ostentosos ha encendido aún más la indignación pública. Las redes sociales no solo han servido para denunciar, sino también para coordinar las manifestaciones y amplificar su alcance.
Según el profesor de la Universidad de Chile, Andrés Bórquez, estas manifestaciones responden a un fenómeno multifactorial. “Existe una percepción negativa y generalizada en contra de las élites políticas, a las que se considera que priorizan sus intereses por sobre el bien común. Eso va debilitando los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas”, explica.
A ello se suma la persistencia de desigualdades socioeconómicas, especialmente entre los jóvenes, quienes enfrentan los índices de desempleo más altos. “Esto se traduce en frustración ciudadana (…) de ahí que sean ellos quienes encabecen las movilizaciones”, señala.
Bórquez también destaca el papel de las plataformas digitales, que “sirven como canal para difundir denuncias de corrupción y abuso de poder, pero también como mecanismo para coordinar las protestas y darles un alcance más dinámico”.
El contexto internacional añade presión. “El mundo se encuentra en una situación frágil. Actualmente hay más de sesenta conflictos activos en más de 35 países, un nivel que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. A esto se suman las tensiones en el comercio global, la inflación y el menor crecimiento, que generan sensaciones de inestabilidad que se traspasan a los contextos domésticos”, advierte.
Aunque el académico considera prematuro hablar de un cambio cultural profundo, sí reconoce que “estas protestas evidencian un momento crítico de erosión sostenida de la legitimidad de las élites”. Para él, lo que está ocurriendo representa un cuestionamiento de representación que va más allá de la crítica a un gobierno de turno y refleja una presión ciudadana frente a una cuestión estructural.
En ese sentido, identifica un patrón común en los países asiáticos movilizados. Primero la disposición ciudadana de establecer instancias colectivas como una forma efectiva de presión política y, en segundo lugar, el uso intensivo de plataformas digitales para articular demandas y comunicarse directamente con las autoridades. “Hay una exigencia clara de la ciudadanía, sobre todo de la población más joven, de exigir transparencia, rendición de cuentas y de que los mecanismos institucionales incorporen una participación más directa de la sociedad”, concluye.
Lo que comenzó como una denuncia puntual se ha transformado en una expresión colectiva de insatisfacción. En Filipinas, como en otros rincones de Asia, las nuevas generaciones están desafiando estructuras que durante décadas parecían inamovibles. La calle y la red se han convertido en el campo de batalla para una ciudadanía que exige algo más que promesas: exige transparencia, justicia y participación real.
