El sábado 3 de octubre fue la última obra del ciclo del 2026 de La Pérgola de las Flores, llevado a cabo por la productora AC Volaverunt. Descubre junto al equipo de Es Una Metáfora cómo se ve una función de teatro detrás del escenario.
Por Emilio López
Las voces de Luis Miguel y Juan Gabriel se mezclan con las risas, las conversaciones y los ejercicios vocales. La fecha es sábado 3 de octubre del 2026; el lugar, es el camarín de hombres del Teatro Mori de Parque Arauco; el motivo es la última función del ciclo 2026, de la pieza teatral chilena, La Pérgola de las Flores.
Un clásico del teatro chileno. Estrenado originalmente en 1960, escrito por Isidora Aguirre y musicalizado por Francisco Flores del Campo. La obra está ambientada en la época en la que la Pérgola estaba frente a la Iglesia de San Francisco, su ubicación original, la cual abandonan en 1948 ante el desarrollo urbano en la capital.
En la pieza teatral se explora este acontecimiento desde la perspectiva de personajes tan variopintos como Carmela (María Jesús Miranda), quien llega a Santiago desde San Rosendo para trabajar con su madrina, Rosaura (Stephanie Olivera), florista dueña de un puesto en la pérgola; Tomasito (Álvaro Carrasco) y Carlucho (Matías Muñoz), intereses amorosos de Carmela y directamente contrapuestos: uno es huaso, colaborador de la pérgola y dueño de un campo en Limache; el otro, pintor, poseedor de un departamento en la ciudad e hijo del alcalde Alcibíades (Roberto Armijo).
Este sábado el ambiente es especial. En los pasillos del teatro, todo el equipo puede ser visto con sonrisas de oreja a oreja. Bromean mientras se aplican el maquillaje, le hablan entre risas al director Gonzalo Tapia, y proponen cambios de última hora a elementos tan específicos como el sonido que hay que hacer al lanzar un beso.
A veces caminan y, de un paso al otro, pasan de conversar sobre el viernes anterior a detenerse para respirar, y meterse en el personaje. Sus ojos toman brillo y comienzan a cantar, a recitar y a saltar; contagiando de energía a sus compañeros.
En el fondo del pasillo de los camarines hay una sala cuadrada con paredes de espejos. Allí, se puede observar y escuchar a los actores estirando, elongando y haciendo ejercicios vocales, como si cada uno fuese interpretado en canon, los intérpretes se suman desde el principio y generan un eco que retumba por toda la estructura del teatro. En unas tres horas, cuando la función haya finalizado, ese eco de voces será reemplazado por aplausos salidos de las filas repletas de asientos.
Con las preparaciones listas, suben al escenario, aún con los asientos vacíos. Todavía hay silencio. Todo el equipo está presente. Dispuestos en círculo, se toman de las manos y dicen unas palabras. Gonzalo Tapia habla primero.
Hace dos horas, al director ya se le había preguntado por cómo se ha vivido el proceso de trabajar en la obra: “Ya llevo ocho años dirigiendo La Pérgola. Entonces, para mí es como mi sello ya. Y me gusta porque es parte de la identidad del país”. Ahora, comienza su última reflexión para el elenco. Agradece, y alienta al equipo para que disfrute la función final de esta última muestra. Dice que espera verlos el próximo año.
Tras el intercambio de palabras, llega el rito final, ese que tanto caracteriza al teatro. Tomados de las manos, inhalan hondo, dan una larga exhalación y el grito de guerra asociado es expulsado por más de una docena de voces, “mierda, mierda, mierda”. Hecho el ritual, cierran el telón, vuelven a camarines para ajustar los últimos detalles, mientras las voces que empiezan a llenar el lugar son de quienes vienen a ver el espectáculo.
Gonzalo Tapia se para delante del telón cerrado, da unas palabras de introducción para el público y se retira. Comienza así el primero de los cien minutos en los que la ficción convivirá con la realidad. Durante la obra, se observa a los músicos que acompañan cada escena, aportando un dinamismo que combina con los movimientos de los intérpretes. Estos últimos también aprovechan la infraestructura del recinto: ocupan las escaleras para introducir personajes y simular sus llegadas. En los interludios, interactúan con los espectadores y los incorporan a la representación.
Cien minutos han transcurrido y es momento de las reverencias. El aplauso de los asistentes es ensordecedor y rebota en las paredes del teatro. Al salir en dirección a la sala de espera y conversar con el público sobre el espectáculo, los diálogos y las canciones, surgen varias opiniones, todas de carácter positivo. Un asistente comenta: “Fascinado, volvería de verdad, qué lata que vine a la última, pero qué bueno que vine a la última”. Agrega que “la canción que más me gustó, Campo lindo, campo nuevo; de hecho, el final me emocionó”. Otro asistente destaca la capacidad de la obra para conectar con el público actual: “Conserva el espíritu de la obra general, pero igual incorporaban varios elementos nuevos, más contemporáneos”.
Una opinión que se repite y expresa una de las espectadoras es que la gente debería venir el próximo año: “Tercera vez que la veo, y la vería de nuevo”. Esta fue la última función de, La Pérgola de las Flores, bajo la coordinación de la productora AC Volaverunt durante 2026. Sin embargo, la despedida no necesariamente es definitiva, dada la importancia de la pieza para la cultura chilena. Así se refería Gonzalo Tapia a la relación que posee la representación teatral con las celebraciones del mes patrio: “Las Fiestas Patrias sin La Pérgola de las Flores no son las Fiestas Patrias, es como la empanada, la chicha y La Pérgola de las Flores”.
